Reflexiones de un día de lotería

Llegó el posible día más feliz de nuestras vidas. Hoy, en nuestras manos, cambiamos el tener una pantalla digital con aroma a manzana mordida por un trocito de papel impreso con cinco números. Nos pasamos la vida haciendo números y hoy no iba a ser menos. Esperamos ansiosos que la combinación ganadora coincida con la nuestra. Solo así nos daremos el permiso de activar el “modo vivir” en nuestra vida. Si por el contrario no rascamos nada, en el mejor de los casos seguiremos sintiéndonos igual de desdichados que antes de hoy. Otros, nos sentiremos todavía más castigados por este mundo y esta vida que solo se empeñan en ponernos piedras en este arduo camino de nuestro día a día.

No nos molestamos en buscar nuestra felicidad. Esperamos que caiga del cielo o que crezca en los árboles. Y, por favor, que caiga en la entrada de nuestra casa a poder ser. Sentimos que algo o alguien nos la ha arrebatado y, como tal, que algo o alguien nos la tiene que devolver. Ilusos. La felicidad es una actitud, un hábito. Hábito de intentar tener, ante las situaciones diarias que acontecen en nuestra vida, una actitud realista y positiva. Día tras día. No se trata de caer en el “míster wonderfulismo” y convencernos que todo es color de rosa en esta vida. No. Hay momentos de caída, de dolor, de angustia, de bajón, de apatía. Es aquí donde haciendo uso de una actitud realista los aceptamos y con una actitud positiva los superamos. No se trata de negar esos malos momentos, se trata de aceptarlos y comprender que son parte de nuestro proceso vital.

Luego están los pequeños y gratuitos placeres de la vida que contribuyen a nuestra felicidad. Mucha biografía hay escrita sobre esto y, curiosamente, poca práctica en la vida real. Leemos y leemos, anotando frases para luego pegarlas en nuestras fotos que compartimos en Instagram o Facebook. Hacia fuera queda muy bonito, los numerosos “likes” y comentarios así lo confirman. Socialmente somos felices y la vida es maravillosa. Realmente seguimos siendo incapaces de disfrutar de un café con un amigo sin mirar el móvil, de cenar con nuestra pareja sin estar pensando en el trabajo, o de ser como realmente somos por el miedo al qué dirán. Realmente nos da igual que así sea. Nos basta con que nuestro entorno piense que somos felices. Luego ya nosotros nos dedicaremos a llorar a solas en el baño.

Esto son solo pequeñas reflexiones que me vienen a la cabeza un día como hoy, donde delegamos nuestra felicidad a un papelucho con números y a los ceros en nuestra cuenta corriente. Mientras, en la empresa de la vida, esa que es retórica y maravillosa al mismo tiempo, hay personas que, con 90 años de experiencia a sus espaldas, se encargan de enseñarnos que “la felicidad está en nuestras manos“, y no en forma de ladrillo tecnológico precisamente…

  • Posted by Dominic Dähncke
  • On 22 diciembre, 2017
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